La Cucaracha. Letra original. 1915.

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En esta litografìa de 1915, aparece por primera vez la letra de la Cucaracha.

Una mujer de mediana edad, robusta, con ropa còmoda para caminar, el pelo apenas recogido en la nuca, un vestido de tela sencillo, sin mucho adornos, poco o quizàs nada de maquillaje,  y el rebozo cruzado al estilo de las soldaderas de aquellos dìas.

Una mujer venida a menos, sin esposo, en un tiempo de guerra y caos.

Se dice que la tonadilla vino de España. Asi lo hace constar Joaquin Fernàndez de  Lizardi  en su obra “La Quijotita y su prima”, libro què fuè escrito en 1818.

“Un capitán de marina

que vino en una fragata

entre varios sonecitos

trajo el de “La Cucaracha”.

La tonadita que resulta pegajosa, ha cambiado sus versos, pero conservando su estilo crìtico hacia  el gobierno. Se considera què existen màs de 300 versiones de la misma.

Aquì la letra tomada de la litografìa de 1915, con todo y errores ortogràficos.

Corrido de la Cucaracha . 1915.
(Què no ha salido a pasear por que no tiene cartoncitos para gastar)
La Cucaracha, la Cucaracha
ya no puede caminar,
porquè no tiene, porque no tiene
dinero para gastar.
Pobre de la Cucaracha
se queja de corazòn
por no usar ropa planchada
por la escaces del carbon.
La ropa sin almidòn,
se pone todos los dias,
y sin èsas boberìas
se me figura melòn.
La Cucaracha ya reprimiò
el bistef y la remolacha.
por lo caro de la carne
pobre de la Cucaracha.
Ahora come ensalda
verdolagas y quintonil
porque no tiene
dinero para comprar metiapil.
Tambièn suprimiò el candil
de petròleo que tenìa,
y todo va suprimiendo
por la horrible carestìa.
Què fea te vez Cucaracha,
con tu enagua desaguada,
y antes !Ay què bonita!
me parecias un ada.
La Cucaracha en cuestion
cargaba muy buena plata.
ahora con tanto cartòn,
anda bailando en la riata.
Se queja la Cucaracha
de  lo caro del jabòn,
que no encuentra combustible,
en toda la poblaciòn.
La Cucaracha antes era
una muchacha simpaticona,
y meneaba la cadera,
como cualquiera española.
Era la gran vivandera
y mujer de corazòn,
tenìa pimiento y canela
y por ninguno ilusiòn.
Gastaba muchos meneos,
cuando bailaba boleros,
y era muy aficionada
al amor de los toreros.
A los toros no faltaba
en la lumbrera de Sol,
y ahora no va ni a la esquina
por no tener un cartòn.
Yo sè què a la Villa fuè,
a jugar a la partida
y tanto alargò la mano,
què encontrò la olla podrida.
Pero và al Cinematògrafo,
es donde dan màs barato
y allì està la Cucaracha
hasta arriba como gato.
Pobre de la Cucaracha,
què triste situaciòn
se encuentra èsa muchacha
pues su Juan se fuè al Panteòn.
La cucaracha ya no es,
la antigua mocetona,
ahora se ve muy flaca,
vieja, vichoca y pelona.
Antes tan solo a Cambrinus
se le miraba llegar
y ahora con èsta miseria,
a la piquera va a dar.
Ya se acabò èse tiempo,
Cucarachita mìa,
en què gastabamos pesos
en cualquier pulquerìa.
¿Què te pasò Cucaracha
que estàs bebiendo agua pura?
bebe pulque colorado
y si no, a la sepultura.
No llores Cucarachita,
que ya la carne bajò,
y muy pronto ya diremos
la miseria se acabò.
Y me vengo a despedir
Cucaracha, Cucaracha,
què voy pronto a visitar,
à mi adorada muchacha.
Adiòs Cucaracha mìa,
te dejo mi corazòn
tràtalo con cariño
haslo por compasiòn.

                                                 marìa.

El tesoro de los Indios. Leyenda de Coahuila.

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A mi  no me lo crean, me lo contò Fidencio.

El estuvo aquella noche què llegò Gregorio todo hinchado de la cara porquè una vìbora de cascabel le habìa mordido en la mano. El le sostuvo las piernas cuando le cortaron la piel para sacarle la ponzoña.

Pero no, nada sirviò. Ni el rezo fervoroso de las primas a San Judas Tadeo, ni el emplasto de guaco de su tìa Jacinta, ni el aire que le abanicaba la tìa para què respirara mejor.

A veces, cuando podìa hablar nos dijo. Vi una luz verdosa, fuì a a ver què era, pero se movìa y yo de necio la fui siguiendo hasta què me cansè y me sentè abajo del encino. Me despertò el dolor del brazo, como una brasa ardiendo de leño de  mezquite.  Quise matarla con mi machete, pero se metiò entre dos piedras grandes y cuando metì el fierro, vi la cueva. !Ahi està el tesoro de los indios!, pero no vayan, porquè està maldita, dejen què al burro se lo coma el oso o el puma, pero jurenme que nunca entraran y mi tio cerrò los ojos y se quedò muy quietecito con sus ojos bien abiertos.

Queria saber màs, imaginaba ya las paredes de oro, vetas de cuarzos, al menos un cuenco de obsidiana, asì què perguntè.- ¿Y fuiste?

Fidencio torciò la boca como sonriendo, escupiò al suelo. Se quedò viendo las montañas de la Sierra Madre, luego clavò sus ojos en los mìos.

¿Sabe cuanto cuesta un burro? Acà la gente de la sierra no guarda su dinero en una cartera, ni en un hoyo, ni debajo de la cama.

Ni va a los bancos a menos què sea mucha necesidad porquè terminarìan quedandose con la tierra, el arado y cargarìan hasta con los cerdos, las vacas y las gallinas. No Señora. Aquì el dinero camina en 4 patas.

La mera verdad es què solo iba por el burro. Le iba hacer falta a mi tìa para acarrear agua.

La Juana se despertò cuando rellenaba la cantimplora de agua, què acà el sol es muy jodido. Y què me dice. ¿Vas a buscar el tesoro?  Ya oiste a tu tìo, què està maldito, no vayas Fidencio, ¿Què voy a hacer si te mueres? Què tenemos 5 hijos. Pero enojada y todo me hizo como una docena de tacos y me diò la bendiciòn.

Como le digo “Seño”, yo nada màs iba por el burro. Lo encontrè amarrado del encino, con la leña amarrada en el lomo.   Y, tendrìa que haberme vuelto porquè estaba el velorio del tìo  Gregorio, pero me ganò la curiosidad.

Conocìa èsa montaña. Desde què podìa caminar la habìa subido caminando, en burro y a caballo.  Sabìa cuantos àrboles de mimbre habìa en el arroyo, cuantos palos fierro, cuantas palmeras en las partes altas. Bueno hasta sabìa si una piedra habìa sido rodada.

Todos los huecos, las cuevas donde duermen los murcièlagos, las caìdas de agua,  las paredes de piedras laja, el pozo de tiro de una mina què no se ve, de tan vieja que la tapan las ramas del gatuño.

Xorè, el indio de piel rojiza del desierto americano observa el desdibujado altiplano. Una lìnea de polvo se levanta y se ha ido acercando. Està en cuclillas en la roca màs alta, con la mano derecha abierta extendida para sentir de donde viene el viento. Olfatea de nuevo. No, no es fuego. El aire tiene el olor del orègano solamente. Toma su lanza de èbano rojo e instintivamente  lo mueve. Resuenan las semillas rojas y las piedras que cuelgan  de la piel de conejo  que envuelven la empuñadura.

Tiene què volver y decirle a los demàs la amenaza que se acerca ,pero antes de bajar de su trinchera de piedra se asoma sobre el abismo, abre màs los ojos, como si quisiera ser el “Ojo de Dios”: Meztli  (La luna) què desde arriba los vigila.

¿Y son otra vez ellos?. ¿Los què mataron a la tibu de su esposa, los ìndios nòmadas de la pradera? Los hombres què usan a la bestia para llevarlos. Hombres como el de piel clara, con el cabello del color del sol y ojos  de agua.

La primera vez fuè, cuando su hijo mayor, que ahora vive en su propia cueva mamaba de su madre. La segunda cuando Baresi, su hija què es la virgen què cuenta los años, daba sus primeros pasos y ahora.

Nunca antes han venido tan pegados a las montañas. El corazòn le late en el cuello, tensa los brazos formidables y sus uñas largas se cripan amenazantes.

 

 

 

………………………..  Gracias por seguirlo… .. ….. Mañna sigo.

marìa