La Plaza.

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Eres un retacito de plaza, arrinconada entre casas y vetas calizas.

Te guardan  como relicario la Ermita en la parte alta

y la iglesia de Santiago  a un lado.

Aqui, se detienen los pasos y  bajo los àrboles se cobijan del sol los andantes.

Te extiendes de dìa como pañuelo para el cansado, para el vagabundo,

para el niño que corre con un globo y un helado, para el què lee, para el què quiera devolver el tiempo.

De noche se encienden las luces y las escalinatas se llenan de besos, de susurros, de abarzos, de te quiero, te espero,  vamos a casarnos, quèdate, no te vayas..

Y al recuerdo  se sonrojan las paredes, los geranios y pasillos.

Quèdate asì, no cambies mucho, me gusta imaginarte con ecos de devotos rezos, de pasos lentos, de campanas y de besos.

                                                                                                      marìa

El murmullo del invierno

Para mí un cortado

Cuando el rumor de la tristeza
echa el ancla en tu poema
hablas con la voz de alguien que vive
en una casa que nunca fue arrasada.
La bruma cubre el viaje
entre los ocasos
y algunas noches que el invierno salva.
La escollera oye la canción
lejana como el ruido de las olas en la arena.
Hablan las ruedas y las vías
y la lágrima no llega al llanto.
No se cansa mi mirada
sobre el cántaro de tu silencio.
El día se evanesce sobre el papel de las letras.

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Hay caminos.

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Aquella mujer cansada de andar caminos trillados, de trillados caminos, de veredas, de caminos de asfalto, de llanos sin camino, llegò hasta aquel camino verde azul. El agua le cubre el pie, el tobillo y en un remanso deja caer el cuerpo en su tibieza materna.

Què silencio hay allà abajo, què colores màs delicados, què lento se mueven las plantas, llamàndole..

Quizàs sea què persista su instinto primigenio de anfibio, porquè se va a seguir a los peces què a veces mordisquean los dedos, aunque ellos juegan a esconderse lejos.

Se queda quieta, casi fetal, en una sensaciòn levitante, silenciosa, girando suavemente.

De las fosas nasales se le escapan burbujas que cosquillean la cara.

Lucha contra èsa necedad de instinto de respirar y el agua la devuelve lentamente a la superficie..

Mujer de pueblo.

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Por la calle, las nubes extienden su tapete de lluvia.

Amanece en el pueblo.

En algun lugar suena una campana.

Arremete el viento persiguiendo a las nubes calle abajo.

Se atoran algunas en los àrboles.

Las mujeres ya vienen a la plaza a la vendimia dominguera.

Cuando caminan les suenan las faldas bordadas.

Juega el viento a despeinarle las trenzas,

a aflojareles el rebozo todos de colores porque el negro solo es para difuntos.

Las mujeres mayores con la cabeza cubierta, como para entrar al templo.

El resto  envueltas en el rebozo para cubrirse el frìo o cargar al niño pequeño.

Su voz suena  a cantares.

Derechas, cargando en la cabeza la fruta y la esperanza.

Derechas, cargando en la espalda el futuro.

Las manos callosas diligentes amasando el maìz.

Tostando el cafè y el cacao, trenzando esteras..

Se fuè la mañana, las nubes, se recoge el tapete y cada una cuenta los centavos del dìa.

Sonrien si le compras una fruta.

Y sonries pensando què la felicidad debe costar poco o nada.